CONVIVENCIA ENTRE PERROS Y GATOS: TODOS LOS SECRETOS PARA UNA VIDA EN HARMONÍA
- Ezequiel Dello Russo

- 10 ene
- 5 Min. de lectura

Comprender dos mundos para construir un hogar compartido
La convivencia entre perros y gatos sigue envuelta en mitos, simplificaciones y falsas expectativas. Se habla de compatibilidad, de carácter, incluso de “suerte”, como si la relación entre ambas especies dependiera de factores aleatorios o de una supuesta enemistad ancestral.
Sin embargo, cuando se observa esta convivencia desde una perspectiva etológica y zooantropológica, emerge una realidad muy distinta: los problemas no nacen de los animales, sino del modo en que los humanos organizan el encuentro entre dos mundos profundamente diferentes.
Perro y gato no son versiones alternativas de un mismo modelo animal. Son sujetos con historias evolutivas distintas, con modos propios de percibir, habitar y significar el espacio. Pretender que compartan el hogar sin atender a estas diferencias equivale a forzar un diálogo sin traductor.
Dos especies, dos formas de estar en el mundo
El gato: autonomía, control y previsibilidad

El gato doméstico es el resultado de una filogenia marcada por la caza en solitario, la autosuficiencia y una relación muy fina con el territorio. Su bienestar no depende tanto de la interacción social como de la capacidad de controlar el entorno, anticipar lo que sucede y decidir cuándo y cómo participar.
Para el gato, la casa no es un espacio neutro: es un mapa tridimensional de oportunidades y riesgos. Alturas, escondites, rutas alternativas y zonas de observación no son “extras”, sino condiciones estructurales de seguridad. Cuando estas condiciones faltan, el gato no protesta de forma ruidosa; se adapta, se retrae, se inhibe, se enferma. Y es precisamente esa adaptación silenciosa la que suele confundirse con “buena convivencia”.
El perro: sociabilidad, movimiento y lectura del otro

El perro, por el contrario, ha sido seleccionado durante milenios para la interacción social, la cooperación y la atención constante a los demás. Explora el mundo en movimiento, con el cuerpo y con la iniciativa. Busca información acercándose, observando, siguiendo.
Esta disposición, tan valorada en la relación humano-perro, puede convertirse en un factor de tensión para el gato. No por mala intención, sino porque la curiosidad insistente, la aproximación frontal o la falta de autocontrol motor son vividas por el gato como una amenaza, aunque el perro esté “jugando”.
El gran malentendido: proyectar categorías humanas
Uno de los errores más frecuentes es evaluar la convivencia desde parámetros humanos: amistad, cariño, celos, rivalidad. Bajo esta mirada, se espera que perro y gato se toleren, se ignoren o incluso “se hagan amigos”. Pero estas expectativas desvían la atención de lo verdaderamente importante: la compatibilidad ambiental y comunicativa.
La convivencia interespecie no necesita afecto mutuo. Necesita:
ausencia de presión
libertad de elección
estabilidad
coherencia en el entorno
Cuando estas condiciones se dan, la relación fluye. Cuando no, aparecen los conflictos, abiertos o soterrados.
El hogar como escenario etológico
La casa es el tercer actor de esta relación. No es un simple contenedor, sino un dispositivo activo que puede facilitar o sabotear la convivencia.
Una vivienda pensada solo para humanos y perros suele ser hostil para el gato. Suelo despejado, puertas cerradas, ausencia de alturas, recursos compartidos: todo ello obliga al gato a exponerse para satisfacer necesidades básicas.
Una convivencia funcional exige:
zonas verticales accesibles solo al gato
refugios reales, no simbólicos
rutas que eviten encuentros forzados
recursos duplicados y bien distribuidos
espacios de exclusión donde el perro no entra
El gato debe poder moverse sin ser interceptado. El perro debe aprender que no todo lo que se mueve es accesible.
Presentaciones: donde se decide casi todo

Muchos conflictos se originan en las primeras fases. La idea de “que se huelan” o “que se acostumbren” suele provocar experiencias negativas difíciles de revertir.
Una presentación adecuada no busca contacto, busca habituación sin presión. Implica tiempos largos, control total del movimiento del perro y plena autonomía del gato. El gato observa. El perro aprende a inhibirse. El tutor regula el contexto.
Aquí se establece una regla clave: el gato nunca debe verse obligado a interactuar para poder vivir.
Comunicación: señales que no se escuchan
El gato comunica malestar mucho antes de recurrir a la agresión. Lo hace de forma sutil: congelación, retirada, rigidez, cambios posturales mínimos. El perro, si no ha sido educado para la lectura contextual y la autorregulación, suele ignorar estas señales.
Cuando el gato finalmente golpea o ataca, suele ser el último recurso tras una larga secuencia de incomodidades no respetadas. Interpretar ese momento como “el problema” es llegar tarde.
Estrés crónico: la convivencia que parece funcionar

Una de las trampas más habituales es confundir la ausencia de conflicto visible con bienestar. Muchos gatos viven durante años en un estado de estrés crónico de baja intensidad, caracterizado por hipervigilancia, inhibición conductual y reducción de la exploración.
Desde fuera, “todo va bien”. Desde dentro, el gato vive en alerta.
Una convivencia correcta se reconoce porque:
el gato explora
descansa a la vista
utiliza el espacio con libertad
no modifica su comportamiento básico
No porque “no haya peleas”.
Creatividad y adaptación
Los animales no son máquinas reactivas. Son sujetos creativos, capaces de resolver problemas, adaptarse y encontrar soluciones dentro de los márgenes que el entorno permite. Pero adaptarse no siempre significa estar bien.
Un gato puede aprender a evitar al perro. Un perro puede aprender a ignorar al gato. Eso no garantiza una convivencia sana, solo funcional. La diferencia está en si esa adaptación amplía o reduce las posibilidades expresivas del individuo.
Cuando el entorno está bien diseñado, los animales no solo se adaptan: despliegan su repertorio natural con mayor riqueza.
Convivencia funcional vs convivencia ética
No toda convivencia posible es deseable. Forzar a un gato a vivir escondido o a un perro a vivir permanentemente reprimido no es convivencia, es gestión del conflicto a costa de uno de los sujetos.
Una convivencia ética se basa en:
reconocimiento de la alteridad
renuncia al control total
diseño consciente del entorno
educación del perro orientada a la inhibición
respeto absoluto por la autonomía del gato
La convivencia entre perros y gatos no es una cuestión de suerte ni de carácter. Es una cuestión de comprensión. Comprender que no comparten el mismo mundo, que no hablan el mismo lenguaje y que no buscan lo mismo en la relación.
Cuando el tutor abandona el antropocentrismo y asume un rol de mediador entre especies, la convivencia deja de ser un problema que “se resuelve” y se convierte en un equilibrio que se construye día a día.
Referencias bibliográficas
Marchesini, R.Beyond Anthropocentrism. Thoughts for a Post-Human Philosophy. Mimesis International.
Marchesini, R.La scienza del gatto. Cosa sappiamo dei nostri amici felini. Giunti / De Vecchi.
Marchesini, R.Creatività animale. Scoperte, invenzioni e imitazioni tra le specie. Lindau.
Marchesini, R.; Tonutti, S.Animales mágicos.



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